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Cómo conocí a Mukesh

gemma2097
25 ago
6 min de lectura

En mi adolescencia, me desmayaba mínimo una vez cada 15 días. Todos los resultados médicos señalaban que, aparentemente, todo lo registrable estaba bien. Pero lo curioso del caso es que, cada vez que me desmayaba, mi consciencia viajaba hasta la India. Cuando regresaba y abría los ojos, no tenía ninguna duda de que aquello que había visto era la India y que existía, a pesar de que nunca había estado en este país y no había conocido a nadie que hubiera estado.


Pero aquello abrió un gran interrogante dentro de mí: ¿Qué hay en India para mí? ¿Qué es eso que me llama? ¿Por qué aparezco en India al desmayarme?


Así que empecé a ahorrar. Aún no tenía la edad legal para trabajar, pero mi decisión estaba determinada a sortear cualquier obstáculo que me encontrara en el camino. Durante años, trabajé y estudié con esta pregunta en mi corazón hasta que llegó el momento: a los 21 años, había reunido el dinero para emprender un viaje a India con el billete abierto de un año.


Cuando llegué, fui escuchando las señales. Iba sin indicaciones y sin idea de adónde ir. De alguna forma fui a parar a Benarés, a la ciudad que honra la muerte, donde, según el hinduismo, si mueres ahí se acaba tu ciclo de reencarnaciones en la Tierra.


Benarés fue un viaje iniciático. Fue la puerta. Nada más pisar sus calles, un pequeño corte que tenía en mi pie se infectó, y esa infección se extendió por toda la planta del pie. Eso me obligó a detener todo movimiento y a pasar los días con el pie en alto contemplando el Ganges. Contemplaba las cenizas de los cuerpos que acababan de incinerar y que entregaban al Ganges, y cómo formaban remolinos en el río, mezclándose con las flores de las ofrendas, con los cuerpos de las personas que se zambullían para hacer sus rezos, los búfalos bañándose, los niños jugando en el agua... La vida y la muerte sucediendo sin parar delante de mis ojos y dentro de mí. Renunciando a todo deseo de explorar la India o de ir a cualquier otro lugar que no fuera aquel.


Finalmente, al cabo de 21 días literales, tuve un sueño: cogía un tren e iba a Rishikesh. A la mañana siguiente, al contemplar la planta de mi pie, no había rastro de la infección. Así que no tuve ninguna duda: subí al primer tren dirección Rishikesh para seguir tratando de responder a la pregunta que pesaba en mi corazón desde hacía tantos años. ¿Para qué esta tierra me ha llamado?


Al llegar a Rishikesh, hice eso que me encanta hacer cuando viajo: perderme sin rumbo por sus calles. Decidir intuitivamente si derecha o izquierda, basándome totalmente en lo que percibo, sin más justificación. Fue así como hallé una casa sencilla, humilde, con un didjeridoo pintado en su fachada, que me llamó a entrar. Nunca en mi vida había entrado a una casa así por las buenas, sin saber adónde iba. Pero esta vez sí. El Gran Misterio me empujaba y una flecha imaginaria hecha con luces de neón parecía señalar la puerta. Así que entré.


Aparezco en un taller de carpintero. El aire es seco, espeso, cargado de olor a madera antigua y de humo.En el centro hay un fuego contenido en un círculo de piedra ennegrecida. No arde con prisa. Respira. Delante suyo, un hombre sentado con las piernas cruzadas. Mira el fuego como una conversación antigua, una que no necesita palabras. Las llamas bailan en sus ojos, pero él no parpadea.Las paredes son de madera vieja, reseca, marcada por el paso de los años. El sol entra por las rendijas y corta el aire en franjas doradas. Diminutas partículas de polvo flotan lentamente, suspendidas, como si el tiempo se hubiera detenido. El hombre levanta los ojos y, al verme, sonríe y dice:


«Bienvenida, te estaba esperando».



Así hallé a Mukesh. O él me halló a mí. Desde que había visto aquel taller en uno de mis desmayos de la adolescencia hasta hallarlo en la vigilia habían pasado muchos años, o quizá un suspiro. Pero eso, en aquel momento, no importaba. A través de un largo viaje interno y externo había encontrado a esta persona que me resultaba tan familiar. Me sentía en casa. Me eché a llorar. Las lágrimas fundían el interrogante que se había instalado en mi pecho durante tantos años y todo tenía un sentido. Un sentido para nada lógico, pero un Sentido que lo abarcaba todo.


En los siguientes años, aquel taller pasó a ser mi casa. Mukesh y yo nos hicimos amigos inseparables, como si dos seres del mismo planeta se hubieran encontrado. Resultó que el rol de carpintero era una de las formas en las que Mukesh estaba en la Tierra. Quizá la primera y más aparente de ver. Pero no la única.


Por el taller de Mukesh no paraban de aparecer personas en busca de ayuda: personas enfermas, perdidas, personas buscando, personas huyendo; en definitiva, personas fragmentadas en busca de la Unidad.


Mukesh era un maestro de la humildad y la entrega al Gran Misterio. Un ejemplo de impecabilidad y coherencia. Desde su taller de carpintero, recibía a todos los que se acercaban con los brazos abiertos y los acompañaba a recordar. A recordar su pertenencia al mundo, a la vida, entre nosotros. Y las personas sanaban. Se reencontraban. 


Mi pobre mente occidental, día a día, presenciaba lo que hasta entonces había considerado milagros. E, inevitablemente, era empujada a ampliar los confines de mi propia realidad, de lo posible e imposible, de lo real, del sentido. Del para qué.


Cuando llegó el día en que empecé a necesitar urgentemente entender el Cómo, Mukesh me llevó de peregrinaje. Era su forma de reconectar con la Tierra, con la Unidad. Durante años había caminado por los Himalayas y los conocía como la palma de su mano; conocía a los sadhus que vivían en las cuevas, a los pujaris que regentaban los templos, a las personas que servían chai en los pequeños puestos de té de montaña... Me abrió la puerta al Himalaya. Y así, entre la incomodidad, el no saber nunca en qué cueva o ashram dormiríamos o si íbamos a comer, me transmitió su cómo.



Desde su Unión con la multidimensionalidad que somos, su confianza inquebrantable en el Gran Misterio y su profunda humildad, que le recordaba constantemente que formaba parte de todo, me transmitió su cómo.


Al cabo de unos años, un día, contemplando una de las puestas de sol más bellas que he visto en mi vida, sentí que era momento de volver y compartir todo lo que me había sido entregado. Me sentía como un manzano cargado de manzanas maduras y jugosas, que pesaban un montón y necesitaban ser compartidas con urgencia. Todos aquellos regalos, obviamente, no eran para mí, sino para compartirlos con el mundo. A pesar de que intenté traer a Mukesh a España, me dejó claro que él no podía viajar a ningún país que no tuviera el Ganges. (Y, obviamente, entendí por qué. Si quieres, te lo cuento en otra Pranaletter).


Así que regresé y empecé a compartir los inmensos regalos que me habían sido entregados. Entendí que compartir aquello no significaba intentar reproducir a Mukesh ni enseñar a otros a hacer lo que él hacía. Significaba encontrar la manera de traducir todo lo que había aprendido a nuestra realidad, a nuestra cultura y a nuestra forma de acompañar.


De ahí, muchos años después, nació también la Formación Integrativa en Terapia Energética.

No nació porque un día decidiera crear una formación. Nació de la necesidad de dar una forma transmisible a algo que yo había recibido durante años: otra manera de comprender al ser humano, la energía, la enfermedad, el acompañamiento y, sobre todo, el lugar desde el que acompañamos.


Quizá ahora entiendas un poco mejor por qué para mí esta Formación nunca ha consistido simplemente en aprender técnicas. Abrir una consulta y crear la Formación Integrativa en Terapia Energética son parte de este compromiso con este regalo tan inmenso que me fue entregado, y me faltarán vidas para devolverlo en gratitud.


Por eso me siento tan comprometida con difundir el mensaje de Mukesh. Hallar esta pureza, esta humildad, esta impecabilidad y este dominio energético en un ser humano es realmente excepcional.



Un gran abrazo,

Gemma


 
 
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